Pedro Mairal y Juan Villoro: un universo compartido de mentiras, lealtades y preguntas incómodas – Télam

Pedro Mairal y Juan Villoro: un universo compartido de mentiras, lealtades y preguntas incómodas – Télam

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Cmo pedirle la hora al papa, con Juan VIlloro y Pedro Mairal

El escritor mexicano Juan Villoro y el argentino Pedro Mairal protagonizaron un entretenido intercambio en la jornada inaugural del Festival Basado en Hechos Reales (BHR) donde se explayaron sobre el rol del periodismo para desencadenar la fluidez de la escritura o los componente «mentirosos» de la crónica y destacaron que en todo material de no ficción importa menos la estricta fidelidad a los hechos que construir «una verdad que suene aceptable, empática y posible».

«Se conocen?», preguntó la moderadora de la charla,  Emilse Pizarro, para apurar el deshielo y una amósfera cómplice que ya se insinuaba entre los escritores. «La última vez que nos vimos fue en la Feria de Miami, donde nos tomamos unos tequilas», respondió, veloz, Mairal, mientras el mexicano acotó: «Fue la última vez que nos vimos, ahí en Miami quejándonos de las ferias y creo que ahora extrañamos estas ferias». Y remató: «Hay que tener cuidado con los deseos porque se cumplen».

Convocada bajo la consigna «Cómo pedirle la hora al papa», la conversación giró enseguida hacia los puntos de encuentro entre las escrituras de ambos narradores y Pizarro arriesgó: «Además de trabajar ambos ficción y no ficción,  tienen algo en común con no ser solemnes y a pesar de eso ser muy serios. En este caso abrió el fuego el autor de «Arrecife», quien sostuvo que conoció en su país algunos escritores que lo ayudaron a entender «que se puede ejercer la literatura y no necesariamente construir un personaje pomposo o distanciado de la gente».

«Tuve la suerte de entrar a los 15 años a un taller literario que llevaba adelante el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja. Mi maestro llegaba con un periódico deportivo en las manos, un periódico que se llama Esto, y tenía una gran disposición a hablar de temas comunes de la política y del deporte sin la pretensión de ser alguien que estuviera construyendo esa figura excelsa del escritor que se separa de los demás y casi de sí mismo», evocó Villoro.

Juan Villoro

Juan Villoro

«Esta educación con el maestro Donoso Pareja, al que nunca dejaré de agradecerle muchas cosas, creo que me vacunó contra una idea –que por otra parte en México ha prosperado mucho- que es la del escritor gentleman, el escritor que es una especie de maestro de América o profeta de las mil cosas y un hombre cultísimo que rara vez se rebaja a tener sentimientos comunes, aunque los necesite para escribir», relató.

Por su parte, Mairal aludió a una simetría coincidente, como la del «escritor candidato a presidente  o diplomático que tiene opinión de todo y al que llaman a las 7 de la mañana para preguntarle cosas en las radios», aunque deslizó que «ese personaje se desdibujó un poco ahora» y pasó a relatar su propia experiencia de formación en un taller literario.

«Me pasó algo similar a lo que cuenta Juan. Fui a un taller muy bueno con Félix della Paolera que era un tipo que había sido amigo de Borges y que tenía una relación con el lenguaje que era bastante lúdica –aseguró el narrador-. Creo que la idea del juego se instaló muy temprano para mí en la escritura. Y después algo que me aflojó mucho la mano fue la época de los blogs que empezaron más o menos en el 2005. Escribí en ellos durante por casi una década . Eso me hizo bajar del pedestal de lo cultural y tratar de encontrar un tono más coloquial».

La charla iluminó una química entre Mairal y Villoro que evidencia las afinidades para pensar las rutinas de escritura hasta la incidencia del periodismo, la astucia para ficcionalizar lo cotidiano y la movediza frontera entre realidad y ficción. «Creo que ése límite está muy desdibujado, salvo cuando hay que presentar el libro y decirlo –se sinceró el argentino-. Hay muchas crónicas donde de alguna manera adornás sin llegar a la mentira, porque no existe la mentira en la crónica: fabulás un poco más o un poco menos. La crónica acepta todo. Creo que escribas ficción o crónica, no es tanto la verdad fáctica sino crear una verdad que suene aceptable, empática y posible», recalcó.

El autor de «El año del desierto» indicó que «hay una especie de estómago medio monstruoso en los que escribimos, que devoramos la experiencia y terminamos plantando cosas… a veces la gente que nos conoce se sorprende mucho y a veces se pueden llegar a enojar. A mí me gusta que la ficción tenga exactamente algo que sucedió. Lo que no hago nunca es aclarar qué sucedió y qué no, porque creo que le quitaría morbo a la lectura. Siempre se lee con un costado medio chismoso. Los lectores te inventan, te infieren cuando te leen».

«Hacer un reportaje, un perfil, una crónica es por definición hacer preguntas de más: la gente no espera que le preguntes eso, se puede incomodar, tiene derecho a no contestar,  a cerrarte la puerta ,etc. Por eso el arte del perfil y la entrevista tienen que ver con la empatía: te tienes que ganar una confianza que no has merecido de antemano. Ahí se da un gran trabajo de seducción… forma parte de tu destreza hacer preguntas raras que puedan revelar algo de ellos», subrayó Villoro.

Y enseguida graficó con la anécdota que da título al encuentro entre los dos narradores: «Cuando era niño escuché una frase de mis mayores que decía ‘No se le pide la hora al Papa’, una frase destinada a hacernos creer que ciertas personas son tan importantes que no le podés pedir la hora. Creo que justamente la crónica es el arte de pedirle la hora al Papa, de hacer preguntas improcedentes, que no tienen caso, y que te van a llevar a saber quién es verdaderamente la persona», relató.

«Algunas preguntas pueden ser impertinentes pero vale la pena hacerlo. Tenemos una preguntona maravillosa en México que es Elena Poniatowska, que tiene una carita de ángel y una inocencia absolutamente fingida que le ha permitido hacer un periodismo extraordinario, porque ella aparentemente no sabe nada y pregunta por despiste y hace que la gente se confiese con ella. Realmente no hay nada más temible que un ángel», ilustró el mexicano.

Pedro Mairal

Pedro Mairal

Mairal entonces tomó la palabra para narrar su experiencia en el abordaje de retratos o crónicas, sobre todo en la incapacidad para desplomar los prejuicios que se interponen involuntariamente cuando un escritor se aproxima a un mundo que parece remoto al propio: «Me cuesta mucho hacer perfiles. Me siento muy invasivo cuando lo hago. Y lo he hecho poco, pero me encantó hace un tiempo hacer el perfil de un camionero –señaló-.La revista arregló todo para que yo viajara con el camionero por cuatro o cinco días y fue buenísimo, primero por la situación de no estar cara a cara entrevistando a alguien sino hombro a hombro, mirando hacia el paisaje».

«Eso fue un alivio y provocó una apertura distinta. Yo trataba de entender a este tipo que parecía un lord inglés, o sea era todo lo contrario de la idea de camionero que uno tiene.  Y pensé por mis prejuicios que iba a subir travestis, y nos íbamos a emborrachar, que iba a manejar borracho… toda una cantidad de lugares comunes muy prejuiciosos míos», contó.

«Pero el tipo era un lord inglés y cuando llegamos al lugar donde él vivía, en Victoria, cuando desenganchamos el acoplado me contó que su mamá era la maestra. Después de cuatro días me cayó la ficha de que era el hijo de la maestra. Había algo que se completó del personaje con ese dato, que no había aparecido en las preguntas», evocó el autor de «La uruguaya».

Su compañero momentáneo de ruta aportó también su mirada acerca de lo que implica vencer el pudor para dar cuenta de historias ajenas sin sentir al mismo tiempo que se está traicionando una confesión íntima que no fue formulada para la exposición pública: «He tenido el prurito de no escribir historias buenísimas que son privadas, de gente conocida que me ha confesado después de varios tequilas o que yo he vivido parcialmente»,  destacó.

«Hacer un reportaje, un perfil, una crónica es por definición hacer preguntas de más: la gente no espera que le preguntes eso, se puede incomodar, tiene derecho a no contestar,  a cerrarte la puerta ,etc. Por eso el arte del perfil y la entrevista tienen que ver con la empatía

Juan Villoro

«La verdad es que no me pertenecen y que no las podría escribir sin que esta gente se sintiera un poco mal porque creo que en las buenas historias aparecen muchos errores humanos, es decir, no son historias edificantes sino historias complicadas donde la gente se pone en entredicho, en tela de juicio. Ese para mí es un límite de la escritura. En algún caso algún fleco de esa historia la he podido transfigurar para meterla en una novela donde hay un trozo de realidad. Philip Roth decía que una novela consiste en tomar dos ramas que son reales, frotarlas y producir un fuego imaginario», describió.

La charla recaló también en los artificios que revisten algunos escritores alimentados por el equívoco de que la solemnidad o la oquedad aportan la evidencia de una vida cargada de revelaciones. «Un persona bastante común que sale en sandalias a la calle y habla con todo el mundo no parecería que necesariamente nos va a revelar un secreto. En cambio, del genio atribulado tú piensas de inmediato que podría ser Salvador Dalí… a veces la conducta llana decepciona. Pero de todas manera no me imagino a Pedro fingiendo ser un neurótico aunque todos tenemos rasgos neuróticos», señaló Villoro.

El autor de «Dios es redondo» aseguró que la noción de impostura alcanza no sólo a la figura de un escritor sino a su obra. Y argumentó que «usar palabras que en sí misma sean importantes responde  un sentido equivocado de la estética. Lo importante es el efecto que pueden tener las palabras y en ocasiones incluso la escasez de vocabulario, por ejemplo en Rulfo, un caso emblemático de alguien que escribe con una prosa tan decantada y tan pobre como el paisaje que está describiendo. Es un ejemplo ya no de cómo la sencillez sino la escasez misma puede ser un principio poético».

«La profundidad en la literatura en todo caso no debe ser explícita –apuntó Mairal-. Hay autores que están presentes en sus relatos como señalando el momento de la profundidad. En todo caso creo que hay que mostrar las cosas y que el lector sea capaz de ver esa profundidad. Chejov era un maestro en eso. Uno se da cuenta el mar de fondo que había en el alma de sus personajes pero lo que aparece esa esa superficie flotante, una familia que se hunde en ‘El jardín de los cerezos’. Nadie se hace cargo, están en un estado de flotación medio zonzo pero nadie te lo explica».

«A mí me interesa mucho la relación entre claridad y profundidad. Lo vi en los primeros cuentos de compañeros en los talleres y en los míos propios eso de cómo aquello que de pronto es confuso puede parecer profundo porque no lo acabas de entender del todo,  es decir, no sabes si es un devaneo de la conciencia, o si el personaje se volvió loco… entonces la ambiguedad tiene una hondura vaga… es como agua turbia que no sabes si es muy profunda porque no acabas de ver el fondo», señaló Villoro.

Y se explayó el autor de «El disparo de argón» y «Efectos personales» sobre sus certezas literarias: «Desde un principio pensé que el mejor estilo literario tenía que ver con la claridad, pero no con la claridad que derrota la suspicacias del lector por completo sino la claridad como enigma, como una forma del misterio. Escribir de tal manera en que lo comprendes todo y por eso te deja pensando. Me gusta esa idea de Pedro de confiar en el lector, es como revelar la superficie diáfana del agua para que se advierta una profundidad grande y sea el lector el que decida sumergirse en ella», analizó.

Escribir de taquito

«Yo he escrito cosas que me han costado mucho trabajo y no necesariamente han quedado bien, no hay una relación inmediata entre el esfuerzo impregnado en una obra  y el resultado que tienes. También he escrito con enorme felicidad durante días pasajes que luego me sorprenden no solo por malos –porque que sean malos ya me ha pasado muchas veces- sino por pensar cómo estuve yo tan contento, tanto tiempo, escribiendo tan mal. ¿En qué estaba pensando? El gozo de la escritura no quiere decir que te estén saliendo bien las cosas», remarcó el narrador.

En ese punto, Villoro calificó su desempeño periodístico como un ejercicio de regularidad que terminó de dinamizar su escritura. «A mí me ha ayudado mucho el periodismo y me interesa decirlo en este festival que está dedicado a eso, porque en el periodismo tampoco te puedes poner tan estupendo ni tan sublime, ni pensar si estás escribiendo de acuerdo con emoción correcta o emoción equivocada,  o desde qué sinceridad», alegó.

«En esos momentos, tienes que escribir y tienes una hora de cierre, a tu jefe de redacción se le va a reventar una úlcera si tienes una especie de musa furibunda y no le entregas. Y eres un poco un artesano, un carpintero que tiene que terminar el mueble en la fecha prevista. Entonces también esa humildad ante el oficio del periodismo ha sido esencial no solamente para escribir crónicas o artículos  sino para cualquier otra cosa que yo escribir», precisó.

La charla derivó entonces hacia la relación entre literatura y vida cotidiana: cuándo una anécdota o una minucia se vuelve «literaturizable» y sugieren un espesor sobre el que vale la pena explayarse. Mairal citó la accidentada experiencia de enseñar a andar en bicicleta a su hijo como una instancia doméstica que le permitió volcar apuntes reflexivos sobre el aprendizaje y las expectativas paternas.

«No es solamente qué contás sino cómo lo contás –sostuvo el escritor y poeta-.  Hay que tener un poco de oído y también anotar algunas cosas. Creo que hay que confiar menos en la memoria. Anotar hasta dónde querés llegar, de dónde sale el texto. Hay cosas que cristalizan en una imagen».

Villoro sumó sus impresiones:  «Nuestra vida cotidiana está llena de rarezas que bien vistas son injustificables, absurdas –formuló-. ¿Cómo decidimos tener una mascota? ¿Qué mascota? ¿Qué nombre le vamos a poner? Toda esa relación con una especie distinta a la nuestra es una cosa intrincadísima y bastante absurda, llena de caprichos. Y si la contamos con gracia puede revelar algo de nosotros, porque pienso que esas rarezas de lo ordinario revelan pliegues de la realidad que no necesariamente vemos porque las damos por sentadas –relató-. El misterio del cronista está en renovar ese asombro de lo cotidiano».

¿Las restricciones –de tema, tiempo, de espacio- abruman o propician la labor escritora? El autor de «Breves amores eternos» no vaciló: «Si me das un punta de un tema funciono mejor. Esa cuestión de tema libre… es un poco angustiante la libertad completa –confesó-. Me pasaba cuando escribía columnas para Perfil todos los jueves…  Era curioso porque las columnas que escribía en toda una semana por ahí no estaban bien y las que escribía en cuarenta minutos, pensando que me estaba por venir a tocar el timbre el editor, salían bien.».

«Creo que las dificultades ayudan a escribir, el hecho de que la columna tenga cinco mil caracteres, por ejemplo. Y eso me gusta también de la poesía. A veces me gusta escribir sonetos como una rareza porque la forma dialoga conmigo y no funciona como una dificultad sino como una facilidad, es como si la forma me soplara al oído. Creo que todas estas restricciones son liberadoras», redondeó Mairal.





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